Soñantes se buscan

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Aquí está la propuesta y condiciones para el envío de sueños sobre Mario Levrero, de modo de participar en esta “novela onírica colectiva” con los aportes de la propia cosecha REM:

PDF a descargar

Bienvenida toda difusión, entre particulares que pudieran interesarse, en redes sociales y/o en tradicionales medios masivos de comunicación. Envíos de los sueños a: letrasdelsotano@gmail.com (ver bases)

El libro de los sueños/ novela por entregas (12)

Novela onírica/ Nicolás Varlotta (sueño 2) 

 

Barcelona, 10 de febrero de 2008

Terminal

carta natal de MLMi padre estaba a punto de morir y yo lo iba a ver a su casa.

Me acompañaba M., una amiga que ayer, no recuerdo a cuento de qué, me preguntó por él; de hecho sus palabras exactas fueron “pero tú tienes padre, ¿verdad?”

Subimos por las escaleras de un edificio hasta el último piso. Al entrar al apartamento había mucha gente, bastante movimiento y expectación. Me molestó la sensación de tener que “esperar turno” para verlo.

Por fin entramos en su habitación. Él estaba metido en la cama, y había varias personas sentadas a su alrededor, sobre la misma cama.

Nosotros también nos sentamos. No recuerdo qué nos dijimos, pero hubo miradas y gestos emotivos entre él y yo.

Me desperté profundamente movilizado.

El libro de los sueños/ novela por entregas (11)

caf Novela onírica/ Christian Arán (desde Panamá)

14/02/2014 Ayer soñé con Mario. Creo que por segunda vez desde que se fue. (sueño 1:) La primera vez estaba él como en una ropería de una fiesta o cine; trabajando. No me acuerdo que palabras usaba pero el mensaje que me daba era que no lo jodiera mas, que lo dejara tranquilo. Y había algo en el sueño que interpretaba como que el estaba naciendo en otro planeta, como otro ser. Tenía un cuerno raro en la cabeza que bajaba como una barba.

(sueño 2:) En el sueño de ayer lo encontraba en un shopping, en las escaleras de un shopping. Alicia estaba ahi. Yo descubria que el seguia vivo pero haciendose pasar por otra persona. Se habia teñido el pelo y la barba de negro. Alicia trataba de que no me diera cuenta que era el pero yo me acercaba y le hablaba. Cuando el se volvia a ir le decia que entendia que prefiriera estar de incognito y que me alegraba que pudiera disfrutar de las ventas de sus libros.

Una carta a Levrero al empezar una tesis sobre él

Enviado por Eva Wendel durante el homenaje onírico 2014

Efecto Levrero

Estoy leyendo El portero y el otro, más específicamente “Diario de un canalla”. Resulta que arranco con mi proyecto de tesina, esta es la segunda vez que voy a transitar este libro y como estamos en noviembre y hay sol, me vine con mi gata hasta el balcón. Me tiré al piso, extendí mis piernas (las piernas es lo más difícil de broncearse, por qué será…) y enseguida me distraigo con mi gata que da vueltas en círculos como si hubiese visto un fantasma.

La tarde está fría, a pesar del sol. Las piernas en contacto con el piso y el short que me puse para lograr un principio de enrojecimiento de rodillas (es lo máximo que se logra en esta fecha), me está empezando a molestar y no me deja concentrarme en la lectura. Me paro, la gata sigue dando vueltas en círculos y ya esa insistencia me resulta extraña. Sigo con los ojos al centro del círculo y me quedo con la boca abierta. En ese preciso instante me encuentro frente a la revelación (porque la conciencia no está trabajando: el sol más el frío le provocaron un colapso nervioso y dejó de actuar. Se encendió como una luz y me pregunto: ¿Llamada interestelar, Inconsciente, encuentro parapsicológico, locura ancestral que me conecta con el maestro?).

Revelación: dentro del círculo hay una abeja, pero no una abeja común y corriente. Dentro del círculo hay una abeja retorciéndose (¿de dolor?). Dentro del círculo hay una abeja que al parecer ha perdido su aguijón. Es lo máximo que puedo afirmar de las abejas y supongo que está retorciéndose porque se encuentra próxima a su deceso (¿Por qué a mí? ¿Qué hago ahora? ¿Qué hace mi gata? ¿Por qué no intenta atraparla como cuanto bicho se le cruza por el camino? ¿Qué espera ella y qué espero yo? ¿Qué esperamos las tres?)

Acciono: Intento ayudarla con la punta de la birome, para levantarla o ponerla en posición de escape, parada; pero se resiste, vuelve al mismo estado, se retuerce, con movimientos sistemáticos de desesperación (de ella o míos, ya no sé).

Se tapa con las patitas delanteras su carita… ¡Ay, la puta madre, está sufriendo! (Nunca había visto tan de cerca a una abeja. Esto está empezando a asustarme porque, sí, vos, maestro, más que nadie, sabés lo que yo sufro con los animales. Vos, que me hablabas del perro Pongo cuando traía un pichón muerto en la boca y a mí se me caían las lágrimas; vos, maestro, que creabas un mundo luminoso en torno a la paloma muerta y todo el séquito de palomos necrófilos; vos, maestro, que sufrías como yo la desesperación de no saber si Pajarito atravesaría o no las noches frías de Buenos Aires, si los papás vendrían en su ayuda, si les traerían de comer, si era o no correcto ayudarlo, alimentarlo, arroparlo. Vos, maestro, ¡qué me estás queriendo decir con esto!

La abeja: Por momentos se pone panza arriba y se estira y respira profundo, haciendo un movimiento pélvico como si el dolor proviniese de ahí. ¿Es verdad, entonces, que la abeja pica, pierde el aguijón y muere? ¿Será eso lo que le está sucediendo en este momento? (Yo creía que era instantáneo, pero no. Evidentemente no lo tiene.)

Ahora está como enloquecida, mueve sus patitas a más no poder.

Estaba en la sombra y con la birome la llevé hasta el sol. (Si yo fuera la abeja hubiera querido que el otro, o sea yo, es decir el que me observa, al menos hubiera hecho eso por mí, llevarme hasta sol, dejarme conectada en mis últimos segundos de vida –o minutos, como viene la mano, tal vez horas- con la Energía de la fuente divina, el Sol…)

No sé más qué hacer, quisiera que me hable o que haga un sonido al menos, un gemido, algo, porque estoy bastante perdida, perturbada y aturdida (son muchos adjetivos angustiantes).

Ahora hay una hormiga que se le acercó y la pelea. Va y viene, y la abeja le da batalla. (¡Qué fobia le tengo a las hormigas desde que me caí cuando tenía 3 años en un hormiguero gigante! Chau, la aplasté. Me molestaba, me molestaba igual que cuando me atacaron de chica, las odio y ahora estaba estorbando no sólo mi visión, sino tal vez el momento más importante de la vida de esa abeja, mi abeja, porque ya es mía, algún designio del Universo quiso que se juntaran el pichón caído de Levrero y la abeja en mi balcón. Esto no es azar, no me jodan.)

Ya estoy muy angustiada, quisiera pisarla como acabo de hacerlo con la hormiga y no puedo. No deja de moverse frenéticamente como pidiéndome que acabe con su sufrimiento y sencillamente NO PUE-DO, ni siquiera sin el aguijón me animo a levantarla con mis propias manos, me da terror el poder hacerle daño o causarle más dolor de lo que está padeciendo. Sufro de fragilidad. Todavía me duele tu partida. Quisiera poder haber viajado a Montevideo antes de ese 30 de agosto de 2004, conocerte, contarte que cada uno de tus libros los tengo marcados con comentarios al margen del tipo: “te vas al carajo”, “te amo”, “no podemos pensar tan igual”, “Ja, tomá Verani, mirá lo que te contestó el maestro en esta entrevista”, “estamos conectados”, “gracias”, “GRACIAS”, “Gracias por estas páginas”.

¿Y la abeja? ¿Aceptar la muerte? Con lo que me cuesta…

Me voy a ir, esto dura mucho, ya van diez o quince minutos, no sé calcular y ahora ya sólo escribo y contemplo y ya ni siquiera acciono, no hay más nada que hacer.

Ahora mi gata también observa la escena, frente a mí, la estamos rodeando o estamos en un ritual secreto las tres pidiendo con mucha fuerza que deje de sufrir, que ya se vaya, que puede irse tranquila, que ya cumplió su misión en esta tierra…

Mi gata se aburre rápido del ritual y se va. Claro, ella es más sabia que yo.

Los animales, las plantas, los eventos fortuitos y toda esa forma de comunicación que tenías con el Universo y que ahora silenciosamente compartimos, me llega en este suceso casi fantástico, pero sin ninguna duda, real; más real que los días que pasan, que el fondo mismo del Inconsciente, que el escritor que nace en El lugar, que la sombra de tu padre en Desplazamientos, que don Tomás y la sanación de tu soplo cardíaco, que Cándido y tu primera comunión, que Chl. (Chica lista) y tu angustia difusa, que la fantástica insistencia del Tola para que termines La ciudad, que…

Que la abeja no muere, maestro, y ahora soy yo la que se está retorciendo.

El libro de los sueños/ novela por entregas (9)

Novela onírica/ Pablo Silva Olazábal (sueño 2)

Martes 15 de Julio de 2008

SUEÑO: La muerte de Nestor K, aparición de Mario Levrero

Estaba en una fiesta peronista (todo transcurría alrededor de una gran casa-quinta, similar al colegio Christian Andersen). Al parecer también vendrían a la ciudad otros presidentes. Me puse a leer un diario y vi en primera plana que alguien había PROFETIZADO que Nestor Kirchner y el presidente Uribe (de Colombia) morirían en el mismo día, el 20 de mayo.

Sin embargo esto increíblemente no generaba inquietud en nadie. Pensé que entre otras cosas podía ser porque estábamos a 26 de mayo y ya habían pasado 6 días sin que ocurriera nada (el diario era un tabloide amarillista poco serio, parecido a los diarios ingleses) y me tranquilizé.

El acto o fiesta transcurría como un gran picnic institucional, aunque estaba rodeado de piquetes, o de gente que actuaba en piquetes. También había señoras de barrio tomando el sol entre los árboles en el jardín, etc.

Es decir, había un muy buen ambiente, con mezcla de clases sociales y la algarabía natural de una fiesta al aire libre

Hasta que de pronto apareció alguien corriendo y dijo que Kirchner había muerto. Un inmenso balde de agua fría cayó sobre todos los presentes. Se produjo una gran desolación y Cristina Kirchner, que estaba allí, en el patio, quedó simplemente consternada como todos (o todas, pues vi que casi todas eran mujeres). Al mismo tiempo llegó otro tipo corriendo y largó la noticia de que Uribe también había muerto, lo que aumentaba la tragedia hasta lo indecible. Pero para mi sorpresa esto no tuvo efecto. No le importaba a nadie.

Entré a la gran casa, la atravesé y salí al patio del fondo: vi a CK sentada ante un par de mesas (redondas y gastadas, de chapa, como de bar de pueblo) estragada por la noticia y rodeada por señoras compungidas, que no sabían qué hacer y se lo preguntaban unas a otras.

Al ver esto me enojé de verdad y les grité con cierto rencor: “la profecía se cumplió”,

–Tarde –admití– pero acertó.

Me miraron como a un marciano. No entendían qué quería decir con todo eso. Yo les retruqué que era evidente que estábamos ante un hecho paranormal, frente a una prolepsis.

–Porque si no, ¿cómo lo explican, eh?

A continuación, viendo que nadie entendía mis palabras, y cambiando la voz, dije con tono de show de mago:

–Voy a probárselos. Vamos a reconstruir el momento.

Sin darles tiempo a reaccionar comencé a dar órdenes para reconstruir el instante anterior a que nos enteramos de la noticia. Con voz segura mandé a distribuir a la gente de acuerdo a lo que estaba haciendo cada uno en ese preciso momento.

CK asistía a los movimientos y seguía demudada, sin moverse.

–Vos Cristina –ordené– sentate ahí, y vos acá”. Y así sucesivamente.

Cuando todo estuvo pronto dije:

–Esperen que llame a Levrero.

Titubeante, y bastante avergonzado, Mario apareció entre la gente y se paró donde yo le indiqué.

Cuando todos estuvimos aproximadamente en los sitios que ocupábamos en açquel momento, dije:

–A ver, Mario, yo pienso un chiste, vos lo adivinás y se lo transmitís a Cristina. Ella solo puede hacerte una pregunta, ¿listo? Ahora.

Me puse los dedos en las sienes y me concentré.

Mario me miraba como si estuviera loco, como diciendo “¿qué mierda querés que haga?”.

Hubo un largo silencio. Nadie se movía. Al rato Cristina preguntó: “¿falta mucho?” y ahí Levrero largó la carcajada.

No podía parar de reír, lloraba de risa, agarrándose el estómago, doblado por las carcajadas.

Me di cuenta de que todo era un fracaso. Mi supuesta comprobación volaba así por los aires mientras Levrero se desternillaba de la risa.

Pasó Juan Ignacio enjugándose los ojos, también llorando de risa. Incluso percibí –en la lejanía, fuera de cuadro– la débil risa de Alicia Hoppe, su mujer.

Los asistentes me querían comer, por el insulto conferido a la memoria del muerto pero Cristina Kirchner los detuvo y seria, dijo:

–Por lo menos en este rato que pasó no pensé en Néstor.

Lo dijo agradecida, como si el despligue y el fracaso de mi comprobación telepática hubiera sido un bálsamo para ella.

Y acaso había sido exactamente eso, una distracción que había aliviado el dolor por un momento, tan sólo por un momento, pero que había servido para fortalecerla, o al menos afirmarla en lo que debía hacer. Por eso estaba profundamente agradecida por ello.

Ahora el dolor volvía a ser como antes, pero el recuerdo de ese momento balsámico le daba fuerzas para continuar. De algún modo  confirmaba que el dolor finalizaría en algún momento.

Lo más sorprendente fue que el resto de las mujeres –señoras de barrios periféricos– también pensaban lo mismo…

En líneas generales todos estaban con el ánimo más fortalecido y con más fuerzas.

Salvo yo, que no estaba conforme. Nadie pensaba en la prolepsis ni nada de eso. Simplemente ignoraban mi teoría. No le daban crédito. Tampoco nadie se cuestionaba ni pensaba en la profecía del diario. Eso era algo concreto, impreso. Me daba un poco de rabia pero después pensé que todo eso era una forma de no culpabilizarse, de no cuestionarse.

Salí, crucé la calle hasta un cibercafé y en una computadora consulté varios diarios por internet. Como lo sospechaba, todos hablaban en primera plana de la muerte de Kirchner. Había que avanzar decenas de páginas y llegar hasta internacionales para dar con la muerte de Uribe. Lo que es peor, ningún diario relacionaba las dos, ni siquiera las ponía cercanas en el propio diario. Tampoco mencionaban la profecía.

Entendí que pasaba lo de siempre: algo que no es racional no puede ser planteado en grupo, y menos públicamente, porque el grupo genera y se atiene a un discurso duro, convencional, racional que desecha todo lo que no se ajusta a él.

Pensé que, una a una, todas esas mujeres de seguro habrían aceptado que algo muy raro había en tanta coincidencia, pero todas juntas lo negaban.

En ese instante descubrí una revelación: el error no estaba en ellas sino en mí, que porfiaba en plantear cosas que eran inadmisibles para el colectivo, y entonces me fui.

NOTA: Néstor Kirchner murió en 2010 esto fue soñado en 2008. Álvaro Uribe sigue vivo.

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El libro de los sueños/ Novela por entregas (8)

 Novela onírica/ Helvecia Pérez

Sincronicidad 

—Hoy me desperté soñando contigo, a las nueve de la mañana! —Mario, con el índice y el pulgar apretando el tercer ojo, buscando en su pantallita, pienso, pero parece que no tiene mucho que buscar porque sigue:

        —Estabas hablando y hablando, como en una especie de auditorio —creo que los ojos se me salen, me levanto del sillón, no me contengo:

—Sí, a esa hora estaba dando clase —nerviosa, quiero agarrarlo, algo, como si tuviera miedo de que siga buscando con los ojos cerrados, y sigue:

—Pero era un montón de gente, ¡más de cien!

—Sí, son como trescientos —acoto, me vuelvo a sentar, ya resignada.

—¿Y hablás ahí adelante para toda esa gente? ¡Eso sí que yo nunca, jamás podría!

—Y sí, ya hace años que lo hago, al final termina teniendo su gracia —le aclaro, mientras me doy cuenta de que, extrañamente, nunca hablamos de esto, o sea de mi trabajo.

—Pero, ¿hablás todo ese tiempo parada, no te sentás nunca? —ya dejo que se me suelte la carcajada:

—Sí, es cierto, desde que doy esas clases nunca me senté. ¿Y vos cómo sabés?

—¡No te digo que me despertaste con la cháchara!

El libro de los sueños/ novela por entregas (7)

Novela onírica/ Juan Ignacio Fernández Hoppe (sueño 2)

Nicolás estaba de visita a Colonia desde hacía un tiempo, al punto que mi madre le había llegado plantear a Jorge. de que se quedara más tiempo, que incluso viviera con nosotros.

Durante esa estadía, para divertirnos Levrero había creado un juego que él llamaba el “juego de las pistas”. Era una especie de búsqueda del tesoro. Iba tecleando en la máquina de escribir una a una las pistas, y luego las recortaba en tiritas finas. Con Nicolás lo mirábamos desde la puerta en un estado de excitación frenético y él nos mandaba para afuera, que no jodiéramos. Nos encerró en el cuarto mientras fue disponiendo las pistas por toda la casa. Del juego solo recuerdo la fascinación que teníamos y una pista en particular. “Te miraras buscando tu reflejo, sin embargo no lo encontrarás”. Buscamos esa pista como locos, detrás de los espejos, obviamente, hasta que nos dimos por vencidos. Finalmente miré un cuadro que siempre había estado en el living, un cuadro que le había regalado un paciente a mi madre. Es de un sauce llorón dejando caer sus hojas sobre un río. Me acerqué y me lo quedé mirando y se me hizo la luz. Por más que miraras ese río, no iba a aparecer tu reflejo. La pista estaba detrás del cuadro.

 

 

El libro de los sueños/ novela por entregas (6)

nicoVNovela onírica/ Nicolás Varlotta (sueño 1)(desde Buenos Aires)

Barcelona, 5 de noviembre de 2007

La caja-problema

Tengo una caja que encierra un misterio. Es como un juego que consiste en armarla o desarmarla de determinada manera, moviendo las piezas y haciendo encajar unas partes dentro de otras.

En estos momentos tengo ante mí una estructura más o menos cúbica, ya prácticamente “resuelta” o con las piezas en su sitio. Es bastante grande, apenas un poco más baja que yo, y de color claro o blancuzco. Estoy parcialmente metido adentro, operando sobre una estructura interior que falta.

Se trata de una pieza pequeña y alargada, también con forma de caja y de color naranja, que se aloja en un lugar preciso dentro de la estructura mayor. Para hacer encajar esta pieza tengo que poner y quitar otras, debo correr algunas de lugar para abrir huecos y otras operaciones por el estilo, como si en un gran puzzle tridimensional. Sin embargo, creo que mi misión actual consiste más bien en abrir la caja pequeña, que es el “núcleo” del problema.

He estado trabajando de noche y en penumbra, y recién ahora se me ocurre acercar una lámpara y encender una luz de techo; pero tengo miedo de despertar a la gente que está durmiendo en la casa.

Para resolver la caja dispongo de una serie de instrucciones que dejó mi padre, y que me esmero por seguir al pie de la letra. Aparentemente están escritas en una pared interior de la caja, aunque por momentos es como si me las dictara por teléfono. Sé que él ya resolvió la caja antes que yo, pero en ningún momento hace referencia a lo que hay adentro.

Ejecuto cierta maniobra con la caja, y sin saber de dónde aparece una chica desconocida. Es delgada, de pelo castaño claro, lacio y bastante largo. Se acerca a mí y, con total naturalidad, me baja la bragueta y empieza a practicarme una felación. La dejo hacer, excitado; mi mano se desliza hacia su sexo, la acaricio y le introduzco varios dedos en la vagina.

Mientras tanto nos ponemos a hablar de la caja. Le pregunto qué haría ahora, cómo enfocaría el problema, y ella se pone a buscar analogías con la forma y el aspecto de la caja; si logramos visualizar a qué se parece tendremos alguna pista de qué hacer con ella.

Su lógica me resulta extraña pero convincente: me doy cuenta de que hasta ahora estuve trabajando de forma muy sesuda y racional, descuidando la intuición. Le pregunto a la muchacha cómo es que al accionar una palanca ha aparecido ella. En vez de responder, me pregunta si yo hubiera seguido trabajando en la caja sin ningún aliciente (pero en vez de “caja” utiliza una expresión desconocida, que luego no logro recordar: me suena a ejercicio espiritual de origen oriental –como si dijera I Ching, Feng Shui o Chi Kung, pero ninguna de éstas es la expresión que ella usa), y le concedo que probablemente no. Me dice que su presencia es para eso, como un estímulo para ayudarme a que siga. Un poco por excusarme, le explico que de haberlo dejado no habría sido solo por desánimo o por evitarme el esfuerzo, sino por miedo –miedo a meterme en algo jodido, como si la caja también entrañara cierto peligro.

Pero lo cierto es que a pesar de sus pretensiones como aliciente, el jugueteo sexual con la chica está desviando mi atención del problema. Entonces aparece un hombre vestido con bata blanca, como un médico o científico, o farmacéutico, que me pregunta si ya he averiguado lo que hay en su interior. Le respondo que no, que estoy en la última parte. Me pregunta si ya metí al perro dentro de la caja. De nuevo contesto negativamente, pero agrego que me parece una idea excelente: si meto al perro en la caja, seguro que él sabrá encontrar algo interesante –si no la solución, al menos algo que aporte las claves necesarias para terminar de resolverla.

Sin embargo, mi atención se  ve atraída nuevamente en la chica; al parecer tiene una hermana gemela, o dos, y alguien me advierte que no debo confundirlas. Pero yo estoy convencido de saber distinguirlas; y aunque no lo lograra, tampoco me importa demasiado.

……

Estoy con mi amigo Sergio y su amiga Natalia en el pasillo de una facultad o escuela, y ambos están por entrar a clase. Me despido de ellos saludando a cada uno con dos besos.

Sigo caminando por el pasillo y me encuentro a Graziella, mi maestra de sexto de primaria. No se sorprende de verme. Nos sentamos a una mesa y me empieza a contar sobre sus últimas vacaciones. Me gustaría seguir charlando con ella, pero vienen otros maestros y se sientan con nosotros.

En un momento me pongo a explicarle a alguien una teoría mía según la cual la ansiedad surge de la necesidad de controlar a los demás. Establezco una distinción entre el mecanismo de la ansiedad en los hombres y en las mujeres: las mujeres necesitan controlar a los hombres teniéndolos cerca, y cuando no lo logran sienten ansiedad; los hombres, en cambio, controlan a las mujeres manteniéndolas a distancia. Lo que les provoca ansiedad es justamente la cercanía, la intimidad. En el sueño esta teoría suena muy convincente, y al despertarme no puedo evitar sentir que encierra una gran verdad.